EL DESPOJO DE LA MUERTE

Por Shaila Rosagel

fotohuerta

I.- SUEÑOS

Anoche soñé que estaba muriendo y que una luz brillante me llamaba. Vi un cielo lleno de colores y escuché tu voz llamándome. La felicidad que me embriagaba era tan grande, que no quería despertar. Yo era tan liviana, que casi no sentía mi cuerpo. Pesaba lo mismo que una hoja al viento y sabía que estaba dormida, pero a la vez que si llegaba hasta donde estabas tú, quizás no despertaría. Pero desperté a la obscura y silenciosa alcoba con un sentimiento extraño de melancolía y dejé el sueño atrás.

Pensé entonces que al verme tan triste y llorando a solas todo el tiempo por tu muerte, quisiste llamarme para abrazarme y arrullarme como lo hacías cuando era niña; imaginé que allá donde estás te hacen falta los cariños que yo te daba cuando regresaba a la casa de la huerta en Álamos y abría desesperada la reja, mientras te llamaba:

–¿Dónde está mi viejo chulo? ¿Dónde está?

Y al encontrarte sobrevenían los arrumacos: el abrazo, los besos, las risas. Los momentos más felices del encuentro después de meses sin vernos. Te encontraba en esa casa, mi viejo, que ahora está vacía. Ese lugar sabes, era mi raíz: podía andar por las ciudades, los espacios, ir y venir, dormir en distintas camas, sentir varios climas, pero al regresar a tu hogar, sentía que volvía al regazo, al calor del vientre, porque mi pasado estaba en cada uno de esos muebles acomodados en el mismo lugar desde hace 30 años.

A veces cambiabas la cama de posición: frente a la televisión o frente a la ventana luminosa por donde se podían ver los árboles de la huerta. Pero el resto de los muebles estaba en el mismo lugar: el retrato de mi tía Esperanza joven, sentada sobre el césped con su blusa roja, su falda negra y sus maravillosas zapatillas; el cuadro de los pavorreales que cubría casi la mitad de una pared de tu habitación; la vieja televisión sobre la cómoda donde guardabas tu ropa, algunas sábanas y los bordados de mi abuela. El cerdito rosa de plástico sobre el televisor y tus roperos. Esos roperos acomodados uno frente al otro, donde me reflejé tantas veces. En sus espejos vi el cambio de mi cuerpo: el de la niña que modelaba sus vestidos nuevos como aquel celeste de faldón amplio y aquellos zapatos nuevos que me compraste para mi primera comunión. Ahí observé que mi figura se veía distinta envuelta en el primer pantalón de mezclilla ceñido al cuerpo. Cuántas veces me reflejé en esos espejos. Cientos. Tantas como puedan caber en 30 años. Esos roperos también guardaban recuerdos de papel: los álbumes viejos con fotografías de mucho antes de que yo naciera. Me gustaba tanto husmear en ellos una y otra vez. Ver a Ventura, el gallardo primo de mi abuela de cabello rubio y ojos claros que murió joven de una enfermedad rara y que era tan guapo. Verlos a ustedes dos jóvenes en el bautizo de mi mamá y a mi abuela con ese vestido ajustado a su pequeña cintura y tú tan delgado.

En esa habitación crecí. En tu cama me cobijé en el invierno, dormí abrazada de la espalda de mi abuela, mi Juanita, y pasé nochebuenas y navidades. En tu sillón viejo reclinable, en ese en donde te sentabas a ver el Chavo del 8 conmigo en las tardes, mudé mis dientes de leche. A la imagen del Sagrado Corazón le recé el padre nuestro y al ángel de la guarda juntando las manitas a los cinco años y ahí mismo me dormí a propósito en otro lugar que no fuera mi cama, para que me llevaras cargando, me acostaras y me cobijaras. Lloro sólo de recordar ese tiempo. Se me hace un nudo en la garganta. Esa casa tan amada, ahora vacía y desolada. El que fue mi hogar y que puedo recorrer de memoria cada centímetro: de la recámara, al pequeño y angosto pasillo, a un lado el baño y luego la estancia separada con un arco de ladrillos de la cocina-comedor. Tan chiquita tu casita, pero tan cálida. ¡Cuántas veces nos sentamos a la mesa y discutimos de esto y aquello! Me contabas una y otra vez las mismas historias de cuando eras niño: la de la Barranca Violín y la fiesta fantasma que se te apareció en el monte de Santa Inés Ahuatempan, Puebla. Cuando el burro se erizó porque vio a la  llorona en una noche de luna llena, montada sobre las ramas de un viejo árbol gigantesco. Y mientras crecía, me ibas contando retazos de tu vida: que fuiste un niño huérfano, pobre y maltratado pues tu padrino te golpeaba a latigazos mientras rodabas por el suelo. ¡Cuánto sufriste mi viejo! En esa mesa tomando café con pan, compartimos secretos. Te conté los míos y me dijiste los tuyos. Siempre sentados en el mismo lugar, uno frente al otro.

Dime un secreto

Te digo el mío,

El susurro

y

La complicidad.

Volamos juntos,

Nos contamos historias.

Reímos a carcajadas.

II.-LA NOCHE MÁS TRISTE

Dejo el portal para el último tiempo. El pequeño portal cerrado de la casa. Fresco en el verano y frío como congelador en el invierno. Ahí acomodabas los catres cuando hacía mucho calor: el de mi nana pegado a la pared, el mío en medio y el tuyo cerca de la puerta de tela mosquitera. Era como dormir al aire libre con la obscuridad de la profundidad de la huerta frente a nuestros ojos. ¡Cuánto miedo me daba! Me imaginaba fantasmas, aparecidos y me arropaba hasta la cabeza con la sábana. Pero me sentía segura: tú estabas a un lado mío, ¿qué podía pasarme? Mi padre me defendía, solo bastaba con hablarte para que despertaras. En ese portal pusimos la mesa de los regalos y el pastel de mis quince años. Brindamos en medio de la música y el alboroto de los invitados, nos retratamos y fuimos felices. Ahí…tiempo después velamos a mi abuela, y al paso de 10 años, te velé a ti.

¿Dónde estás?

¿A dónde has ido?

¿Dónde está el calor de tu alma?

Ven,

Abrázame,

Consuélame,

Te extraño.

Tengo sed,

De tanto llorar.

Me estoy secando,

Agrietando.

En ese portal de tu casa, vi la imagen más dolorosa de mi vida: tú, adentro del féretro. Entraste por la puerta. Inmóvil. Con tu saco gris y la única corbata clara. De camisa blanca. ¡Ay viejo el dolor que siento al recordar es lacerante! De ese momento recuerdo retazos. Estaba aturdida y el llanto no me dejaba pensar, sólo sentir un profundo y doloroso sentimiento punzante. Un borbotón de emoción que se me salía del pecho. Yo con el alma rota. Irreconocible. Sabes, irreconocible. Nunca antes escuché mi propio llanto desgarrado ni sentí esa sensación de estar en un sueño. Un poco mareada para asimilar lo que nos estaba pasando. Era nuestro adiós de la vida juntos en la tierra. Me abracé a tu caja, como si fuera tu cuerpo hecho de madera y fui a comprarte flores: las más coloridas, claveles, como a ti te gustaba. Quedaste lleno de flores. Mías, de la familia y de los amigos que llegaron a velarte. Ahí pasamos nuestras últimas horas juntos. Ya entrada la noche todos se fueron y te quedaste tan solo en medio del portal, rodeado de veladoras y coronas. Me quedé contigo y ese frío invernal no fue suficiente para enfriar mi cabeza enloquecida y adolorida.

Al despertar, te vi en el féretro, como el día anterior y entonces me di cuenta que estaba viviendo tu muerte. De ese portal te sacaron los de la funeraria. Esos hombres para quienes eras uno más se llevaban tu cuerpo al panteón, al pie del los cerros, silencioso y conocido. Me abracé a ti, te di un beso en la frente, te dije mi último secreto y te pedí un favor. Entonces te sacaron, saliste por la puerta de tela y madera, te subieron a la carroza y caminamos.

Ahí,

Silencio

Susurra el viento

Al pie de los cerros

La tierra que te abriga,

Consuelo.

Bondadosa

Cálida

Arropadora.

Ahí,

Colmada de flores

Aún fresca está la tumba.

Ladrillos,

Cemento,

Sobre el cajón,

Un ramo de claveles de colores.

Tu casa,

Vacía,

Desierta,

No hay tregua para los recuerdos.

La taza del café, el vaso, la salsera

Tu foto, el chango que te regalé

El retrato de mi abuela.

Mi pensamiento

Ahí,

Al pie de los cerros

En tu morada.

Abrazado a ti.

La despedida en el cementerio

El deseo de dormir

Ahí,

Contigo.

Eternamente.

El miedo,

Al tiempo,

La espera,

Del abrazo,

El regocijo.

Ahí

Contigo.

III.- EL DESPOJO

El viento

mueve las hojas de los árboles.

Las flores

secas.

La casa

vacía.

La mudanza

se llevó

hasta el último

vestigio

de que ahí,

vivió

Benito Rosagel.

Tu sillón

La mesita con tus lentes

El televisor

Los discos de corridos

Los retratos.

La muerte

también se llevó

los recuerdos.

Arrasó como ventarrón

Tus aromas

Tus colores

Tu historia.

El ropero,

Los espejos,

El Sagrado Corazón,

La ropa,

Tus sandalias,

Tú.

La muerte no sólo te llevó consigo. Te fuiste y contigo, se fueron tus lugares. ¿En dónde me sentaré a recordarte y evocaré nuestros viejos tiempos? A mi regreso, ya no hay huerta ni casita, ni cada mueble en su lugar, ni las flores del jardín o las fotos viejas del álbum de la abuela. La muerte me despojó de todo aquello que tocaron tus manos alguna vez. La reja de la entrada está sellada y los árboles mueren de sed y tristeza.

¿Qué es la muerte viejito, sino el despojo de todo lo material que poseemos?

Tampoco está mi madre. El pueblo se ha quedado sin afectos. El gato huérfano y no hay un lugar, salvo el panteón donde reposas, a donde pueda ir a mi llegada. Todos se han ido ya. Queda el recuerdo nostálgico del pasado. Queda tu última morada. Ahí a donde llevaré las flores de colores que tanto te gustan para leerte un verso y sentir solo un instante, que aún estamos juntos.

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s