HA MUERTO MI PADRE, ANTES DE PODERLO ENCONTRAR

Por Shaila Rosagel*

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Murió casi como quiso. No padeció una enfermedad larga en cama, ni fue perdiendo la memoria poco a poco como mi abuela. Él, mi abuelo, mi padre de crianza, dijo un mes antes a las enfermeras del hospital– enojado por el mal servicio – que a ese lugar volvería sólo a morirse. Así fue: el martes 2 de febrero de 2016 llegó por la noche casi muerto. Su corazón estaba infartado y el oxígeno se le agotaba. Fue esa falta de aire y de latidos lo que mató al final su cerebro.

Ese martes para mi viejo no hubo nada extraordinario: A medio día comió dos platos de pozole: “sírvame más doña Nachita, le quedó bien bueno”, le dijo a la señora que le hacía la comida y comió a ese paso veloz y atragantado que siempre hacía cuando un guiso le gustaba de verdad. Por la tarde, se sentó en el jardincito a tomar el sol y a escuchar música. Doña Teresita lo vio feliz a las 4:30 de la tarde desde la vivienda de la vecina de enfrente, a quien le llevó la Comunión de los enfermos.  A la casa de mi abuelo no llegó, porque supuso que él estaba lo suficientemente sano para ir a misa y asumió que no necesitaba tomar la Comunión. De haberlo hecho, hubiera sido la unción para su alma que estaba a punto de iniciar su camino al más allá. Pero ella ni él lo sabían.

Falleció al día siguiente, luego de agonizar 22 horas. El miércoles 3 de febrero yo estaba en el Aeropuerto de Culiacán pues viajaba apresurada a encontrarme con él, cuando mi madre pronunció las palabras que me derrumbaron:“mija, me acaban de decir que tu tata, tiene muerte cerebral”.

Había muerto mi padre a sus 86 años, antes de poderlo encontrar. El hombre que me enseñó a caminar y que no me amamantó, porque no tenía tetas.  El único ser en este mundo que tenía mi adoración incondicional y el único que veía a su adoración en mí. Porque antes de nacer, vea usted, yo ya le generaba expectativas: compró un par de botitas y un sombrero, porque pensó que era niño. Pero fui niña y entonces tuvo que ir a buscar muñequitas.

Como hija de madre soltera y luego de que mi padre biológico abandonara a mi madre embarazada, ella tuvo que irse a ciudad Obregón a trabajar de secretaria y el abuelo materno propuso que me quedara con él y con mi abuela en Álamos, para que no anduviera “rodando” en guarderías. Entonces comenzó nuestra relación entrañable y el abuelo, se convirtió en mi figura más importante.

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Benito Rosagel fue padre y madre. El abuelo, el tata que se hizo cargo de mí desde los tres meses de nacida. El que se desveló en las madrugadas, porque la niña quería jugar. El testigo de mis primeros pasos y palabras. El viejo que me enseñó que la brújula para andar la vida debía ser la honestidad, la lealtad y la moral.

Porque Benito era así: un ser humilde, pero no sumiso. Leal, pero no servil. En sus años mozos tenía las piernas rápidas hechas a base de tanto correr para tapar y destapar los canales de los árboles frutales que regó por más de 50 años en la huerta donde trabajó hasta el final.

Pero la edad no lo perdonó: mi héroe de brazos atléticos formados de tanto arrancarle la hierba mala a la tierra envejeció. En el último año su cuerpo se encorvó, el paso se le alentó y su oído, antes fino, ya no escuchaba con claridad cuando hablábamos por teléfono.

La última vez que lo vi, en noviembre de 2015, pasé por su casa para despedirme antes de tomar el autobús y me dio un regalo: Me acompañó a la terminal y cargó mi pequeña maleta como cuando él era más joven y yo más niña. Nos despedimos con un abrazo largo. Sentí en su delgado cuerpo entre mis brazos, su fragilidad y tuve un presentimiento: que era la última vez que nos veíamos porque alguno de los dos moriría.

El autobús emprendió la marcha y en el camino vi a lo lejos a la amada silueta caminar: pequeño, encorvado, con su sombrero. Llevaba el rostro adusto, enmarcado por ese delgado bigote que siempre usó. Se perdió de mi vista y sentí muchas ganas de llorar. Quise bajarme del autobús, perseguirlo, abrazarlo y besarlo. Pero no lo hice. Seguí mi camino, como lo hago ahora. Con la diferencia de que su partida me dejó rota. Desgarrada por dentro. Con la brújula que me dejó en la mano, para ahora sí, seguir sola.

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*Sobre la muerte de mi abuelo. Un pequeño homenaje a su existencia.

1 comentario

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Una respuesta a “HA MUERTO MI PADRE, ANTES DE PODERLO ENCONTRAR

  1. mindy

    Que’ hermosas palabras Shaila… me hiciste llorar! Muchas bendiciones!

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