La carne al rojo vivo

 

 

Las heridas no cierran. Son cortes profundos en la piel para exponer la mutilación durante meses. El dolor y la experiencia van más allá del tatuaje y el piercing. La escarificación es una tendencia reciente en México, pero que fue utilizada por los mayas y aún la practican algunas tribus africanas. Día Siete siguió el proceso en el que una persona se sometió a este tipo de incisiones, el cual transcurre entre el sadismo y el placer.

TEXTO: SHAILA ROSAGEL

@ShailaRosagel

El bisturí comienza a cortar. Lento, preciso. La punta fina número 11 se hunde en la piel y va  dibujando una especie de enredadera que debe hacer juego con las flamas que tiene en el brazo derecho. La sangre empieza a brotar y a escurrir. El brazo izquierdo entonces parece ya coloreado de un rojo brillante y vivo. Uno que apenas la sangre tiene. Darío palidece.

El hombre aprieta la boca y las ojeras en sus ojos van apareciendo. El proceso apenas empieza. Van por las pequeñas fisuras que el bisturí hace para llevar la línea de la enredadera. Pero Darío quiere algunas hojas diseminadas aquí y allá, a lo largo del diseño. Esas hojas cuestan piel, pedazos que el bisturí va arrancando. Primero la fisura. Luego El Oso corta un pedacito y lo toma con sus dedos, lo levanta, jala y vuelve a cortar. Darío ahora está más pálido que al principio y las ojeras obscuras se asoman con más intensidad en su piel blanca. Un ¡ay! se le escapa y la sangre ahora escurre y moja el papel que El Oso utiliza para ir limpiando la herida. El proceso de hora y media de cortar y quitar piel dio inicio.

Darío Loyos Sánchez, tiene 28 años, mide alrededor de 1.80 y es robusto. Tiene el pelo rizado y la cara aniñada. Le gustan las motocicletas. Hace un tiempo sufrió un accidente en una de ellas y perdió el bazo. El médico advirtió a Darío de los cuidados que debe tener. Su cicatrización cambiaría para hacerse más lenta. Aún así se animó y hace un mes se hizo una escarificación en el brazo derecho, unas flamas. Cicatrizó bien, mejor de lo que hubiera esperado y sólo tuvo que retirar la costra una sola vez.

Entra en el pequeño cubículo de El Oso, David Coso Orellana, también conocido como el escarificador, ubicado al interior de una tienda de ropa en la calle Montes de Oca en la colonia Condesa, en el centro del Distrito Federal. La tarde pardea y se sienta en una de las sillas a esperar a que el escarificador termine de acomodar sus instrumentos. Dos hojas de bisturí, número 11 y 15, papel rollo, un poco de agua, guantes y tapabocas.

“No me gusta tenerle que buscar un significado al tatuaje y a la escarificación para podérmelo hacer. Más que nada es por que me gusta y ya. Creo que buscar un significado es una excusa”, dice Darío mientras el negro de su vestimenta contrasta con lo blanco del pequeño espacio donde se realizará el procedimiento.

El Oso dispone de los instrumentos y de las medidas de higiene. El lugar es angosto, las paredes blancas y hay un espejo amplio que cuelga de una de ellas. Al fondo tiene una mesa alargada, justo detrás de una cortina transparente. Alrededor de la pared, hay varios cuadros con dibujos que recuerdan algún cómic y en el centro una pequeña mesa plastificada, en donde Darío colocará  el brazo izquierdo. Está también la silla del cliente y la silla del escarificador.

“El lugar debe ser limpio, limpieza todos los días, debe tener mesa de trabajo. Se plastifica primero. El escarificador debe tener  guantes puestos. Debe haber gasas, vaso con agua potable y el mango del bisturí viene esterilizado por medio de autoclave. Las  hojas de bisturí son deséchales”, explica El Oso.

Escarificados

En México, aunque es poco común esta práctica, va en aumento. Hay alrededor de un centenar de personas que ya se cortaron la piel, entre clientes y los propios escarificadores, quienes en la mayoría de los casos, empezaron haciendo tatuajes.

“Quien se hace una escarificación, es porque quiere conocer algo más, ir más allá. Ya no lo llena un tatuaje. No es cualquier persona la que se lo va hacer, o tienen que ver con el tatuaje o tienen que ver con el tipo de cosas de rescate de ondas culturales, espirituales”.

La escarificación ya existe en ciudades como Guadalajara, Tijuana, Monterrey, Mérida y el Distrito Federal y los precios por practicarse una varían. El Oso indica que los montos dependen del tamaño y la localización de diseño. Puede costar 500 pesos, 700 o más.

Al principio de la historia de la escarificación, en las antiguas tribus de América –entre los Mayas– África y Australia, las figuras obedecían a formas geométricas. En la modernidad prácticamente puede escarificarse cualquier diseño. No con el mismo detalle que un tatuaje, pero actualmente se avanza en la técnicas para sombrear con el bisturí, señala el escarificador.

El de Darío, una pequeña enredadera vertical con forma de “S”, tiene un costo de 700 pesos.

Antes de iniciar, Darío primero le da los toques finales al diseño de su escarificación. Una vez de acuerdo, El Oso calca el dibujo en un papel especial para pintar en piel. Concluido este proceso. Darío se sienta en la silla de los escarificados.

“El día de la primera escarificación tenía una botella de whisky, fue rápido, duró 35 minutos, yo pensé que se iba a tardar más, pero fue rápido. Ahorita, pues ya quiero que empiece, se que me va a doler y mientras más tiempo pasa, me dan más nervios”, recuerda Darío.

En esta ocasión no hay whisky, ni tequila, ni mezcal, ni otro licor para mitigar la dolencia. Tampoco hay anestesia y el procedimiento durará el triple que la primera vez.

El Oso está concentrado en la piel de Darío. Corta un poco más. Un detalle acá, una hoja allá. Apenas lleva la primera vuelta. La segunda se hace un con bisturí número 15, esto para dar la profundidad necesaria. Pero va en la primera.

Concentrado no pierde el ojo de su objetivo. Según dice, un milímetro que se hunda más el bisturí, puede marcar la diferencia entre un procedimiento exitoso o el corte de una arteria o un tendón. Podría perder el cliente el miembro escarificado en el peor de los casos. Pero El Oso, tiene el bisturí por el mango y el pulso estable.

“No veo como dificultad que haya sangre de por medio. El color y ver la sangre que está saliendo. Para hacer este trabajo se necesitan tener ciertas características. Hasta ser un poco sádico, no cualquiera disfruta el cortar piel humana”, señala El Oso mientras corta sobre el brazo de Darío.

Darío bromea para olvidarse de que el brazo ya se le puso caliente –a pesar de que la tarde es fría y su piel está desnuda– y las heridas le arden. Cuenta que habrá una parrillada uno de estos fines de semana y hasta hace alusión al disfrute del escarificador cortando en su brazo.

Gusanos en la piel

“El cliente no debe quedarse con dudas. El escarificador debe explicarle todo, si alguien tiene una duda que se la resuelvan antes de hacerse cualquier cosa. Debe fijarse que la persona que los va atender tenga el conocimiento para responderle esas preguntas. Si no lo tiene, que no se haga nada ahí”, recomienda El Oso.

Para ser escarificador, se debe analizar el asunto con profundidad, asegura. Darle importancia y estar preparado para cualquier eventualidad. Sin embargo, quien decide realizarse una abierta, debe asumir el riesgo y estar consciente de todo lo que el proceso conlleva.

Una vez pasado el trago amargo y de enfrentarse al bisturí. El cliente debe soportar un proceso de cicatrización que va desde un mes, hasta los tres meses.

El proceso consiste en lavar la herida diariamente. El dolor forma parte fundamental en este momento. Pues el cliente no debe tomar, ni colocarse nada en la herida. Debe permanecer abierta para lograr el efecto que se pretende. Una cicatriz levantada, abultada, visible.

“Es básicamente lavarlo con jabón y cubrirlo bien después. No tocar con las manos sucias. No se estilan las pomadas. Se quiere que la cicatriz sea un poco más grande, ese es el chiste, que se note más. Hay quienes han desarrollado técnicas para hacer que la cicatriz se note cada vez más aplicando una mezcla de mentolato, vaselina con azúcar, aplicándolo sobre la herida y tapándolo con plástico. Eso implica crear una pequeña infección controlada para que la cicatriz se note un poco más, como gusano”, explica El Oso.

La costra que empieza a formarse diariamente en la herida, es removida por algunos raspándola con un cepillo. De acuerdo a los entrevistados por Día Siete, el dolor vale la pena, al ver el resultado final.

“En este momento siempre me pregunto por qué hago esto, dan ganas de disertar. He experimentado dolores. Dolor de tobillo, dolor de huesos, dolor de pulmón cuando me accidenté. Este dolor de la piel es un ardor, es diferente y estoy consciente que es por gusto. Yo lo elegí”, reflexiona Darío, pero no puede dejar el trabajo a medias. De hacerlo el resultado no sería el esperado.

Herida profunda

Darío está agotado. Su palidez es visible. La parte del brazo que está sometida al proceso de escarificación luce ligeramente hinchada. La primera vuelta con bisturí concluyó. No así el proceso.

Ahora resta darle la profundidad necesaria para que pueda apreciarse como el cliente quiere. Entonces viene la segunda ronda. Esta durará mucho menos asegura El Oso.

“Uy ya ya, ya nomás queda la segunda, ya va a terminar. Ya que termine, que termine”, expresa Darío volteando la mirada al techo y echándose hacia atrás sobre el respaldo de la silla. Luego echa un vistazo al brazo. La enredadera roja que El Oso realizó  lo tiene satisfecho. Luce bastante bien. El color es llamativo y el diseño exquisito. Pero Darío ya quiere que el proceso termine.

El Oso cambia de hoja al bisturí. Retira el número 11 y coloca el 15. De punta redondeada que sirve ya no para marcar, sino para dar profundidad y forma a las líneas ya escarificadas.

La sangre fluye más abundante. Pues este bisturí corta a la piel “como mantequilla”, asegura El Oso. El dolor se intensifica. El instrumento pasa de nuevo por cada una de las líneas de la enredadera ya cortadas con anterioridad. Darío aguanta, aprieta la boca un poco más, la mano derecha. Los ojos se le humedecen, se retuerce ligeramente. El proceso concluye después de hora y media. El Oso está satisfecho, fue un éxito. Darío está adolorido.

El escarificador limpia la herida y retira los restos de sangre con agua para que el diseño pueda lucir. Luego la cubre con plástico para evitar en la inmediatez que la herida empiece a cerrarse. Darío se pone de pie. Dejó el tema de la parrillada atrás y el de las bromas para intentar distraerse. Ahora va camino a casa con su nuevo diseño. Le restan meses de proceso. Apenas es el principio.

RECUADRO 1:

Una moda primitiva

En la modernidad la escarificación aún se realiza en algunas tribus de África, como proceso de iniciación del niño a la pubertad. En el mundo se adoptó ya por diversas culturas como una forma de expresión.

De acuerdo a los testimonios recabados por Día Siete, hace tres años llegó a México para retomar las costumbres prehispánicas de este país. La mayoría de las personas que se acercan a este proceso lo hacen por espiritualidad, originalidad y experimentar dolor.

La escarificación data de las sociedades primitivas, las cuales pretendían copiar a los animales y formaba parte de sus rituales, con una fuerte carga mágico-religioso, explica Tomas Pérez Suárez, arqueólogo investigador del Centro de Estudios Mayas del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

“Se buscaría adquirir las características de esos animales, es lo mismo que hacen cuando se cubren con pieles de esos animales”, señala el investigador.

Pérez Suárez dice que a lo largo de la historia las mutilaciones se mantienen por la asociación de éstas con determinados linajes que hace alusión al pasado y a los ancestros. En  la modernidad nada tiene que ver con el pasado prehispánico.

“En la actualidad son modas. Los jóvenes de ahora no copian a las sociedades indígenas, la gran mayoría, sino a patrones comerciales. En el caso de América con los Mayas, las escarificaciones están ampliamente documentadas ya sea en cerámica y en escultura”.

La escarificación  también la utilizaron los huastecas y los chichimecas, explica.

RECUADRO 2:

Sin estigmas

Ricardo Alvarado Granados, 33 años
Carrera trunca de medicina
Tiene un negocio propio

“Ni idea que existía una cultura de la escarificación. Más bien tiene que ver con el significado de las cicatrices. En un sentido muy general, nos recuerdan que las cosas que vivimos en la vida fueron ciertas”.

Ricardo Alvarado tiene dos escarificaciones, una en el pecho, a la altura del corazón, una quemadura química de segundo grado desde hace diez años. La segunda, data de dos años, la hombrera de una armadura en el brazo derecho.

“El tatuaje se me hacía muy estigmatizado, muy conocido y la escarificación algo más nuevo y fresco. Cuando supe que había artistas que lo hacían, quise ser de los primeros”, menciona Ricardo.

La escarificación del hombro le dolió. Ese dolor no se asemejó en nada al dolor que Ricardo carga a cuestas. El que motivó la nueva cicatriz.

“Quería resaltar el aspecto de guerrero de mi formación. Como los jóvenes que están combatiendo al oriente de la ciudad de México, como una vez lo hice. Pero ahora estoy en una lucha diferente. Tengo cáncer. Tenía que sacar una marca de ese dolor que llevaba dentro, de esas batallas, pensé que una armadura en el hombro sería la indicada”.

Ricardo planea  realizarse la escarificación de la armadura completa en el pecho y el brazo izquierdo en el futuro, para vestirse completamente de guerrero.

RECUADRO 3:

El cuerpo al límite

David  Coso Orellana, El Oso, 25 años
Estudiante de  Etnología y escarificador

David Coso tiene 19 tatuajes en todo su cuerpo. Piercings en la nariz y en los pezones. Extensiones en las orejas y la escarificación de una máscara del teatro japonés desde el pezón, hasta la cadera en el costado izquierdo.

“Para mí fue representar algo que me gusta mucho como la cultura japonesa. En mi cuerpo,  ya tengo varios tatuajes, y dije ‘quiero algo más’. En mi experiencia he visto que las personas que llegan a hacerse una escarificación están buscando precisamente eso, ya se hicieron modificaciones de otro tipo y están buscando algo más y de alguna manera se puede encontrar eso en la escarificación”.

La primera vez que escuchó hablar sobre la escarificación fue en un documental sobre una costumbre tribal en África. Después  encontró a un escarificador, quien fue además su maestro.

“De alguna manera fue también un reto a mi mismo de llegar a ver hasta qué limite puedo llevar a mi cuerpo. Es lo que más me ha dolido, aún así me lo hice de buen tamaño y en una zona bastante sensible. Fue como ese mismo momento de transición pero como más para mí, más intimo, algo impuesto por mí”.

RECUADRO 4:

Un sueño

Úrsula Guri, 27 años
Bartender y productora independiente de cine, fotografía y teatro

“Yo no me hice la escarificación, me salió, me brotó, me ayudaron a que me saliera. Es la idea que yo tengo de esta cicatriz”.

Úrsula construyó su historia. Cuando era niña vio un documental sobre tribus africanas y conoció la escarificación. Después tuvo un sueño. Soñó una cicatriz en el pecho.

“A los 18 empecé a pensar en hacerme un tatuaje con tinta blanca, siempre quise una cicatriz. Muchos años después me encontré con Marciano (su escarificador) y me  habló de este proceso”.

Se realizó la escarificación, sin contar que su cicatrización es queloide. Úrsula padeció dolor durante cinco meses, pesadillas y fiebres. El resultado fue la cicatriz que tanto anheló.

“Yo la veo como una marca de una guerrera. Tiene que ver con una cicatriz de batallas y es apreciada por eso, porque sigo aquí”.

Úrsula asegura que su cicatriz le enseñó lo intolerante que puede ser una sociedad, pues más de una vez, ha sido rechazada por su escarificación.

(Día Siete No. 446, domingo 15 marzo de 2009)

PalabraSerrana

2 comentarios

Archivado bajo Día Siete, Reportaje

2 Respuestas a “La carne al rojo vivo

  1. alejandro

    muy buen texto. me gustaria saver si alguien lo practica en monterrey ya que me quiero hacer una

  2. (Y)O0Ee

    sta chido sta onda me latio las palabras con las q contesta el scarificador si pueden ayudarme para saber quien los ace aka x gdl me arian el favor no me gustan los tattos pero sta es otra onda

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